18 de agosto de 2013

Todavía.

Tomar decisiones está infravalorado.
A mi parecer, la toma de decisiones debió ser idea de algún demente sin demasiadas posibilidades de elección en esta vida. 

De pequeño, alguien decide por ti. Da igual quién sea ese alguien, tus padres, tus tutores o los anuncios de la televisión. Todos ellos te hacen vestir de una manera, hablar un idioma, creer en un determinado Dios y ser fanático de un equipo de fútbol concreto. Ellos condicionan tu amor por los helados y tu odio a las judías pintas. Ellos te enseñan, en el mejor de los casos, a tratar a los demás con amabilidad y a respetar a tus mayores. Te inculcan una moral y conciben un futuro para ti. Un futuro condicionado, envasado, un futuro en pack de seis latas. Un futuro refrigerado, latente, un futuro que podría ser el de cualquier otro humano a tu alrededor, pero que te ha tocado a ti.

A partir de este punto, una vez te creen suficientemente condicionado como para que, por ti mismo, tomes las decisiones que ellos esperan de ti, te lanzan fuera de la burbuja de predisposición, y, por primera vez en toda tu vida, te topas de bruces con el universo.
Estás perdido, desorientado y asombrado en un nuevo plano vital. Sientes deseos de comenzar por ti mismo a poner pilares sobre una vida que ya, o eso es lo que tú crees, sólo te pertenece a ti. Y eso conlleva tomar decisiones, muchas decisiones, infinitas decisiones.

Hasta aquí la emoción de la independencia. Hasta aquí las ganas de construir un futuro lleno de amor propio y sabiduría. Hasta aquí la ilusión de tu emancipación. Desde este momento, la más irrelevante de las decisiones que lleves a cabo va a ser minuciosamente sometida al juicio social de las apariencias. 
Las apariencias, aquellas que mienten más que hablan, las que te alejan de la realidad para llevarte a un nuevo plano, donde todo el mundo es infeliz con una sonrisa en la cara. En efecto, ahora ya no decides tú, deciden ellas.

Fue breve, fue ilusorio. Fue un remanso de paz que te trasladó a un idilio de felicidad pura por menos de lo que dura un suspiro. Y comenzó la ficción. Comenzó el pensar en el qué dirán y el maquillar tus verdaderos deseos de escapar. Ahora te toca encauzar tus ilusiones hacia las decisiones menos perjudiciales para ti mismo, pero aún así quedan muy lejos de tu verdadera voluntad. Lejos de tus deseos de ser diferente, de crecer plantando tomates en tu huerto de Uruguay, de tus ganas de carretera y manta con la espalda cubierta de tatuajes.

Dejando de lado las convenciones sociales, y partiendo de la base de que, obviamente, no cubriste tu cuerpo de tinta indeleble ni palpaste aquella piel que tanto te llamaba, las decisiones te limitan. Una decisión cierra la puerta a otras doscientas más, y si concatenas decisiones, al cabo de tres años has desperdiciado cientos, miles, millones de preciosas oportunidades que se plantaron ante tus ojos.

En tanto no decides, las posibilidades de evolución son tan grandes que ni tu propia mente puede lidiar con el potencial de todas ellas. De todos tus futuros, los que siempre quisiste y los que nunca llegaste a pensar. Los que te impusieron y los que alguien tomó en tu lugar. Los que prosperarán, y los que obviamente no llevan a ningún lugar. Pero tantas opciones abruman y bloquean la capacidad de decisión.
Llevar tan solo dos opciones vitales hasta el más avanzado desarrollo, explotando al máximo su potencial, y situándolas en un plano comparativo, agotaría hasta al mejor pensador de nuestros tiempos, bloqueando su certeza e injertando la semilla de la duda en sus pensamientos. 

Y una vez se desvela ante tus ojos la relevancia de las decisiones, de los ínfimos impulsos de tu día a día, de la gran opción de tu veintena, del potencial que tienes para destrozarlo todo con un solo monosílabo, tienes tanto miedo de seguir adelante que tu cuerpo se colapsa, tu mente se paraliza y tus sentimientos, en stand-by, sólo te permiten permanecer en una eterna situación de indecisión donde no eres feliz, pero tampoco has destrozado tu futuro. Todavía.



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